lunes, 18 de noviembre de 2019

PÁJARO




“Nadie recordará las razones del pájaro”.

Patricia Guzman
El Poema del Esposo


Samuel Robinson no “nació”. Vino al mun­do nadie sabe de dónde. Fue encontrado a los pies del zaguán de la casa familiar de los Carreño Rodríguez. Nadie sabe con certeza la fecha de su nacimiento. El nombre que le fue dado - Simón Rodríguez Carreño - es totalmente fortuito. La tradición oral asu­me el día 28 de octubre como la fecha de su nacimiento, día de San Simón. Aunque debiéramos decir advenimiento.

Fue criado por letrados y sacerdotes. Por tanto, desde muy temprana edad, supo cómo se maneja la conciencia de los hombres con la imposición de ideas supersticiosas y pre­gones absolutistas. Su hermano, Cayetano – futuro padre de Teresa, la gran pianista caraqueña, quien desde chico tenía alma de músico -, también fue abandonado a los pies del mismo zaguán por la misma madre des­conocida. Dicen que esto se aclaraba en la nota de entrega. Dicen, por supuesto, los ve­cinos malhablados, que se trataba de los hijos bastardos del Padre Alejandro Carreño. Se desconoce quién era la madre: aunque para éste curioso pájaro inquieto siempre estuvo claro que no era huérfano. Simón Rodríguez seguramente siempre intuyó que era hijo de la Patria Grande y hermano de la vida.

Fue un comelibros mayormente autodidac­ta. Se caracterizará toda su infancia y ado­lescencia – que supo hacer eternas - por seguir apasionadamente su ideal de pensar en libertad plena y hablar espontáneamen­te sobre lo reflexionado sin seguir método alguno de pensamiento salvo el establecido por él mismo valiéndose de las virtudes in­herentes a todo ser humano: Disciplina en el saber, curiosidad, imaginación, espíritu aventurero, lógica y sentido común desa­rrollado. Su vida estuvo dominada por la pasión de las letras.

Desde muy joven trabaja para el cabildo de Caracas. Quería compartir rápidamente sus reflexiones sobre la naturaleza de las cosas con cualquiera, pero principalmente con los niños. Se hizo un maestro que enseñaba di­virtiendo. Enseñaba en el campo, bajo los ár­boles, dentro de las quebradas y riachuelos. Esto ayudaba a formar con independencia la conciencia de especie que esperaba desper­tase en sus estudiantes. Servía al espíritu, a la fortaleza del cuerpo, al mundo que lo rodeaba y sentía. Era un amante y un amado. En su aula tuvo 114 alumnos – epistemológi­camente, seres sin luz -, de los que 74 paga­ban por sus enseñanzas y 40 eran educados gratis puesto que no sabían pagar. Se adecua­ba a las edades de sus pupilos a pesar de las distintas y diversas edades. Inculca “buenas” costumbres – au contraire de las excelentes y congeladas visiones del mundo academi­cista colonizador – y amor por la libertad. Uno de sus estudiantes, el más terriblemente inquieto de los niños, fue un tocayo suyo: Simón. El joven Maestro, precursor y ani­mador de la inquietud y de la animadversión al orden establecido y esclavizante, hace su tarea: independiza al futuro Libertador, lo divorcia de la realidad tradicional y lo acer­ca a la verdad futura; le ayuda a conseguir la perspectiva propia de un creador, a intuir su faena y a calcular fuerzas. Convierte a su alumno predilecto en un ser cuerdo entre aquellos mediocres colonizados que se au­toestiman depositarios del buen juicio y de la sensatez, y a los ojos de los cuales la Inde­pendencia tenía que ser fruto de la demencia secular. En la cabeza de este precoz niño cae el gran proyecto que esperaba aplicar con sus primeros 114 alumnos: Crear a nuevos hombres, verdaderos republicanos dueños de sí mismos. Para ello, se tendrían que ce­rrar las tumbas escolásticas de la enseñanza academicista y abrir los ojos a la naturaleza de las cosas. Esto debía adquirirse por la ex­periencia de la vida misma, a la que había que entregarse sin miedo, abriendo bien los ojos, hasta darse cuenta que tener miedo de vivir es la decisión más estúpida que ser hu­mano alguno pueda tomar. Simón Rodríguez enseña antes que nada a ser fuerte de alma y cuerpo como  una sola entidad, a convivir con la naturaleza sin ser víctima de ella. Enseña a dar grandes caminatas, a cabalgar días enteros, a nadar, a saltar. Transmite oralmente cuanto puede y se permite como individuo. Lee en voz alta a los grandes clásicos. Animadamente, asiduamente, intensamente. Era un hombre peligroso. Muy peligroso.



Un día, simplemente zarpó. Perseguido por revoluco filósofo, se pierde su rastro en el mar de la historia. Viajó por muchos años huyendo de la inquisitiva y perversa igno­rancia de su tiempo. Aprendió inglés en Ja­maica asistiendo a una escuela normal de niños que miraron ex­trañados como un señor de cabellos enma­rañados asistía a clases, dando ejemplo de que el proceso edu­cativo del ser humano dura toda la vida. Se embarcó a EUA, de quienes aprendería que el concepto de libertad se maneja convenien­temente según los intereses económicos de los explotadores de los más desvalidos. Lue­go, se embarcó a las ruinas bélicas europeas en un afán intenso por conseguir comprender al género humano y aprehender el espíritu europeo. Como él mismo diría: “Yo estuve en Europa por casi 20 años, trabaje en un La­boratorio de Química Industrial […] Asis­tí a algunas reuniones secretas orientadas hacia la democracia […] Estudie un poco de literatura, aprendí nuevos idiomas y di clases de lectura y escritura de una escuela ubicada en un pequeño poblado Ruso”. Se ligó con grandes pensadores y escritores de la época cuyos cerebros afiebrados por la fi­losofía romántica idealista alemana ya intuían el futuro colapso de la especie humana debi­do a la ambición desmedida producto de la explotación del hombre por el hombre. Él, mestizo, mejor que nadie haría síntesis en sí mismo y con sus reflexiones, sentando las bases del ya naciente pensamiento filosófico dialéctico socialista. Antropófago. Kariña.

Durante ese largo viaje, tuvo un encuentro con su discípulo amado, a quien quiso como a un hijo, sin apegos. En ese encuentro, este joven que sería el más extraordinario de los soldados libertarios, anunció la profecía de independencia y libertad para expulsar todo yugo de las tierras de gracia que encierran las mayores riquezas de la humanidad. Aún hoy sigue en pie este juramento.

En 1823, regresa a su querida tierra mesti­za. Recibe una misiva donde se le anuncia de este modo los resultados de sus prácticas filosóficas y de enseñanza: Usted, maestro mío, ¡cuánto debe haberme contemplado de cerca, aunque colocado a tan remota distancia! ¡Con qué avidez habrá usted se­guido mis pasos, dirigidos muy anticipada­mente por usted mismo! Usted formó mi co­razón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló. Usted fue mi piloto, aunque sentado sobre una de las playas de Europa......En fin, usted ha visto mi conducta; usted ha visto mis pensamien­tos escritos, mi alma pintada en el papel, y no habrá dejado de decirse: “¡Todo esto es mío! Yo sembré esta planta; yo la endere­cé cuando tierna: ahora, robusta, fuerte y fructífera, he ahí sus frutos; ellos son míos: yo voy a saborearlos en el jardín que plan­té: voy a gozar a la sombra de sus brazos amigos; porque mi derecho es imprescripti­ble, privado a todo”...Sí, mi amigo querido, usted está con nosotros: mil veces dichoso el día en que usted pisó las playas de Co­lombia. Un sabio, un justo más, corona la frente de la erguida cabeza de Colombia.

En estas palabras, El Libertador, quizás re­conozca, la gloria de quien silenciosamen­te fue el verdadero Padre pensador del gran proyecto republicano para los pueblos del Sur. Pero estos homenajes quedan cortos. Samuel Robinson, el hijo expósito de la tie­rra, planteaba una gran revolución para toda la humanidad. Esta habría de comenzar en América. Y se extendería por toda la Tierra: La Revolución por la construcción de la Su­prema Felicidad Social. 


En 1829, retirado de la docencia, establece en Azángaro, sobre las riberas del Lago de Titicaca, una fábrica de Velas que, irónica­mente, él llamaba “De luces americanas”. Pero reclamado por la población cedió a encargarse de nuevo de la Educación. Des­pués de la muerte del Libertador, en 1830, se traslada a Lima y luego a Huacho. En 1833, fue nombrado Director de estudios del Departamento de Concepción, este mis­mo año, en Chile se entrevista con su com­patriota Andrés Bello - el otro padre de la independencia del Sur quién sentó las bases de nuestra lengua con su GRAMÁTICA y la SILVA A LA AGRICULTURA DE LA ZONA TÓRRIDA - y funda una escuela de Barrio. Después de algunos años de perma­nencia en aquella República, pasó a la del Ecuador donde fue nombrado catedrático de Botánica y Agricultura del Colegio de Latacunga. En 1846, regenta un Colegio en Quito y en 1847, se traslada al Sur de Co­lombia, entregado siempre a su pasión de enseñar. Luego se enrumba a Perú, donde murió, pobre y sin hogar a los 83 años de edad, el 23 de Febrero de 1854, en el hu­milde pueblecito peruano de San Nicolás de Amotape. Murió fruto de un gran resfriado contraído por un naufragio al que sobrevi­vió mientras luchaba por salvar sus manus­critos de las olas del mar. Dice la tradición oral que antes de morir, mandó a llamar al cura del pueblo quien lo odiaba por ateo. El cura accedió a visitarlo si Robinson le per­mitía la extremaunción de los desahuciados. Samuel mentiría con tal de hacerlo venir y tener una última conversación. Dicen que la charla final del gran Maestro duró horas enteras hasta entrada la noche y que el cura del pueblo se fue – sin conseguir confesión alguna, pero sí pregonando su propia igno­rancia - pidiendo que cuando a él le llegase la muerte le enterrasen junto a este hombre, el único ser humano verdaderamente libre que había conocido y que quizás existía: Samuel Robinson murió fabricando una vela en el espíritu de un hombre que había sido engañado por los dogmas de la época. Con su último respiro, dio una clase final que aún permanece viva en la memoria de los pueblos.

Han dicho oficialmente que sus restos descansan junto a los de su discípu­lo amado, en el Panteón caraqueño. Curio­samente, los pobladores de Amotape, no hace muchos años, mientras se hacían los trabajos de remodelación de la iglesia del pueblo, consiguieron una tumba sin nombre en las bases del humilde templo. Ellos aseguran que se trata del viejito Samuel Robinson quien aún en la eternidad sigue siendo pájaro esquivo. Quizás El Maestro ha decidido quedarse para siempre entre los pobres de la Tierra Sur, iluminándolos con su llama eterna de ideas y libertad. Salve.


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